22 sept. 2010

Nunca

Ella frente a su computador dudaba si escribir o no el correo. Ya habían pasado varios meses desde que dejaron de verse, era una relación únicamente sexual y ninguno quería convertirla en algo más. Cuando los sentimientos comenzaron a surgir se separaron para no volver a verse jamás. Ahora ella quería contarle algo, quería volver a verlo pero no por las mismas razones de antes. Sólo escribió una pequeña nota poniéndole una cita, él respondió casi inmediatamente aceptando, por su mente de hombre sólo pasó la idea de que ella lo extrañaba y quería volver a acostarse con él.

Ese día llegó como siempre puntual a la cita, estaba muy bien arreglado, olía tan rico como siempre. Ella llegó con un vestido algo ancho, siempre le gustaba vestir cómoda, y a él le gustaba eso. Se tomaron un café, poniéndose al día con respecto a sus vidas, al final de la conversación ella tomó aire y se lo dijo, estaba embarazada, nadie más podría ser el padre y él palideció. Ella sabía que él no quería ser padre jamás.

Ella le explicó que se lo contaba porque él tenía derecho a saberlo, pero no quería nada a cambio, ella siempre fue una mujer muy independiente y no necesitaba un hombre al lado para salir adelante, él la comprendió, pero no lo aceptó. Ella se levantó antes de que él pudiera hacer algo y huyó, como siempre huía.

Nunca la volvió a ver, nunca pudo decirle que siempre pensó que para tener hijos ella sería la mujer perfecta, nunca tuvo la oportunidad de decirle que la amaba.


26 ago. 2010

El olvido

Se sentía sola, diminuta bajo la sombra de aquel frondoso árbol. Se escondía, huía, no quería que volvieran a encontrarla, se había cansado, había luchado y había perdido, no tenía fuerzas para seguir, ni nadie que la apoyara y le diera una voz de aliento.

Sentía cada uno de los latidos de su corazón, había corrido tanto que de un momento a otro sus piernas no le respondieron más y tuvo que detenerse en ese sitio solitario, como ella. No se escuchaban pájaros, el viento no soplaba, parecía el sitio más olvidado del mundo, y allí quería estar, para que ella también fuera olvidada.

Sus piernas ya no corrían, pero su mente no paraba, recordaba, añoraba cada momento vivido junto a él, eso era amor, no había otra manera de llamarlo, se adoraban, querían estar siempre juntos, no entendía qué había pasado, ¿por qué él la había abandonado?, ¿por qué después de tantos sueños decidió irse con otra mujer? Simplemente no lo comprendía, y lloró.

Lo amaba, no podría odiarlo jamás, podría dejar de recordarlo a cada instante, si quisiera podría comenzar su vida de nuevo junto a alguien más, pero jamás iba a poder dejar de amarlo, él era el hombre de su vida y ninguna otra pareja podría ser más perfecta. Todos le preguntaban ¿por qué habían terminado?, ¿por qué él se casaba ese día con alguien más?, y ella no lo soportó, decidió correr, alejarse, tratar de olvidar algo que sabía, era imposible.

Decidió no volver a atrás, decidió quedarse en ese lugar alejado, bajo ese frondoso árbol que le recordaba lo diminuta que era; allí nadie la encontraría, todos, hasta él, la olvidarían, pero ella jamás podría dejarlo, porque eran el uno para el otro, y eso no cambiaría, aunque ambos quisieran.



27 jun. 2010

Heroína

Sacó su píe frío de la cama con miedo, sabía que el contacto con el piso helado iba a terminar de congelar su cuerpo. Cuando piso y pie se tocaron, sintió un escalofrío por todo su cuerpo que solo podía comparar con lo que sintió aquella vez que tuvo en frente ese polvo blanco, mientras el hombre que decía que la amaba la incitaba a inhalarlo, pues su miedo a las agujas jamás le permitió inyectárselo. Esa vez tenía miedo, ansiedad, curiosidad, esta última fue la que la llevó a probar, la que la metió en ese mundo sin salida, la que acabó con su vida.

Esa mañana sentía que su cuerpo era tan pesado que no iba a poder sostenerse sola, pero se veía como si pesara más una pluma; sus huesos se marcaban y las ojeras eran cada vez más evidentes. Dolía ser ella. Fue al baño y el agua helada la llevó a la realidad, esa que se esfumaba junto con el polvo blanco que inhalaba a diario. Vió cómo aquella mujer que todos consideraban hermosa hace solo unos pocos meses se había convertido en un fantasma, alguien por la que los demás sentían lástima, un personaje en el espejo que ella repudiaba pero no podía alejar.

Sonó el timbre y con su cuerpo aún mojado, completamente desnuda se dirigió a la puerta y sin preguntar quién era, abrió. ¿Quién más podría ser si no su demonio, el causante de todas sus infelicidades? Lo miró a los ojos con desprecio, le dio la espalda y fue a su habitación para vestirse: una sudadera azul y una camiseta negra fueron su elección del día, y una cola de caballo en su pelo, la cual dejaba ver su huesuda cara, no permitiría que este interfiriera cuando se agachara para inhalar de nuevo.

Salió a la sala y allí estaban, ese par de líneas blancas esperando por ella, al lado del hombre que disfrutaba verla transportarse a otro mundo entre espasmos leves y escalofríos. Se sentó en el piso e inhaló, pero esta vez los espasmos fueron mayores, su corazón comenzó a latir más despacio y sus ojos se pusieron completamente blancos antes de caer al suelo; su acompañante asustado recogió su maleta y salió corriendo de allí, dejándola en esa leve línea que la separaba de la muerte, esa línea blanca igual a la que ella acababa de inhalar.

16 abr. 2010

Sueños muertos

Parada en la puerta de su casa veía cómo las personas pasaban apresuradas hacia sus lugares de trabajo sin fijarse en ella. A veces se sentía tan insignificante, tan invisible para el mundo. Decidió dejar a un lado esos sentimientos desagradables que la invadían desde aquél día y se entró. Todo era igual siempre, los muebles en el mismo lugar desde hace tantos años, las mismas fotografías de un pasado que jamás podría volver ni siquiera a recrear, el ambiente triste y melancólico de lo que fue y no pudo seguir siendo. Desde ese día todo su entorno había cambiado, su familia le sentía lástima, aunque no lo dijeran, ella lo notaba, esa mirada no podía significar otra cosa. Se sentía tan mal cada día, quería que todo hubiera sido distinto, pero el destino no se lo permitió y ahora tenía que luchar con esa realidad así no quisiera, así no tuviera la fuerza necesaria para hacerlo, así supiera que no valía la pena.

Decidió comenzar a arreglar ese que llamaba hogar, lavó los platos sucios, recogió la ropa de la secadora, la dobló y la guardó, tendió la cama, barrió el piso y limpió el polvo de los muebles. Todo le costó mucho trabajo, ahora recordaba cuando hacer todas esas actividades era sencillo, pero tenía que olvidarse de aquellos días, no iban a volver. Eso le habían dicho los médicos, tendría que estar atada a esa silla de ruedas el resto de su vida, una vida que en el fondo esperaba que no fuera tan larga, aunque sabía que posiblemente sería todo lo contrario pues ella solo contaba con 24 años. Tenía tantos sueños y ese borracho que manejaba irresponsablemente esa noche y que la atropelló terminó con todos; ¿para qué soñar si sabía que no podía cumplir ninguna meta? No tenía motivaciones, no quería salir de su casa, sabía que estar en silla de ruedas no era un total impedimento, pero ver su cara desfigurada en el espejo cada mañana le recordaba las miradas de lástima de su familia, con eso tenía, no soportaría esa misma mirada en un extraño, y por eso decidió que el resto de su vida transcurriría en el encierro de su casa, una casa lejos de los borrachos irresponsables que solo saben matar los sueños de los demás.

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1 abr. 2010

Ese cielo oscuro

Ese cielo oscuro, lleno de nubes que indicaban la cercanía de una fuerte lluvia, ese cielo tormentoso que le encantaba mirar a través de su ventana, que le recordaba la tarde en que él se alejó y la dejó sola, sin saber qué hacer, para donde ir, qué camino tomar. Esa tarde que maldecía cada día de su vida y que quisiera borrar para que las cosas no hubieran cambiado y continuara todo como antes, como cuando desayunaban en la cama y se reían a carcajadas, como cuando se miraban a los ojos y sabían lo que pensaban; tenían esa conexión que nadie más tendría, eran tan parecidos, tan cómplices, ¿por qué la había dejado entonces?, ¿qué hizo ella que lo molestara tanto? Sus ojos se llenaban de lágrimas y nublaban su vista, no podía evitarlo, escondida en su cuarto lloraba para que nadie más lo notara, para que nadie supiera que lo extrañaba, que ella era débil sin él, que no quería continuar si no estaban juntos.

Aquella tarde sin decir nada él empacó sus pertenencias en dos viejas maletas y antes de salir volteó solo un segundo para mirarla y besarla en la frente, ella no supo qué decir, solo sabía que no volvería a verlo, que quedaría en sus recuerdos, esos que poco a poco se borrarían de su mente con el tiempo. Maldito tiempo. Tenía sus fotos, pero para qué servían si ellas no podrían hablarle, no podrían aconsejarle como él lo hacía. Entre tanta confusión solo atinó a cerrar sus puños, sentía rabia, desilusión y quería gritarle a la que sentía era la culpable de que él la abandonara, pero lo único que pudo atinar fue a voltear y mirarla con sus ojos tristes, esa mujer lo había alejado de ella, no se lo perdonaría nunca, pero ella era tan pequeña en ese momento, tan inofensiva, que se fue a su cuarto sola a llorar, ese lugar lleno de los juguetes que él le compró durante su corta vida juntos, cada uno se lo recordaba, y esos recuerdos no permitían que pudiera parar de llorar. Entre tantas lágrimas y reproches a su madre, nunca se dio cuenta que esta también sufría, que tampoco quería que él las dejara y que había hecho todo lo posible para que su padre jamás las abandonara, como lo acababa de hacer bajo ese cielo oscuro.

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30 mar. 2010

El sueño de la princesa

Ella miraba a la gente pasar mientras recogía los kilos de papel que debía reciclar a diario para poder comer, nadie la veía a su paso, era invisible para los demás, mejor así, pensaba … no podía llamar tanto la atención, al final ella era una princesa y si la vieran, su seguridad estaría comprometida.

Mientras pensaba en su reino sintió un golpe certero en medio de la espalda, era su madre que la instaba a salir de su mundo imaginario para volver al real, un mundo en el que no existen reinos ni súbditos, un mundo en donde nadie la venera ni cumple sus más fervientes deseos, sino uno en donde recibía golpes constantes por parte de su madre, malas caras de la gente que la veía sucia entre el papel y las humillaciones de sus hermanos mayores que cada día la hacían trabajar más.

Llegada la noche y terminado su trabajo corría hacia la panadería que tanto le gustaba y pedía su galleta favorita, era una princesa, ¿cómo no complacer sus propios caprichos?, pero esa noche fue diferente, cuando buscaba las monedas recolectadas para pagar su antojo, una mano extraña pagó por ella, una mano hermosa, limpia, que le tocó la cabeza haciéndola mirar hacia arriba. Allí, a una altura considerable la vio, era la reina de sus fantasías, la mujer más bella que jamás había visto, con una sonrisa más cálida que la que imaginaba en sus fantasías. La niña solo atinó a agradecer, antes de que aquella mujer desapareciera de su vista.

Después de disfrutar de su antojo volvió a su morada, un hueco debajo de un puente en donde se abrigaba con hojas de periódico y en donde tenía su tesoro, todo lo que constituía su reino, un hermoso espejo que alguna vez encontró entre la basura. En él se miraba y veía a la princesa que realmente era, así se quedaba dormida cada noche, para al otro día volver a su rutina y sus golpes.

Cada noche, al ir por su galleta volvía a encontrar a su reina quien pagaba su antojo mientras le sonreía. En noches muy frías también le ofrecía café, era ahí cuando dejaba de ser su reina para convertirse en lo que realmente era, su ángel guardián. Esa noche, cansada y friolenta volvió a su “casa” en donde encontró su regalo de cumpleaños, una corona de papel. Ninguno de sus familiares supo decirle cómo apareció dicha corona ahí, pues nadie recordaba que ese día había nacido, pero era su momento especial, el momento que compartía con su reina, porque nadie más haría algo así por ella.

Para ella era su corona mágica, cuando se la ponía sobre su pequeña cabeza todo a su alrededor cambiaba, el sitio en donde vivía parecía cobrar vida y cambiar instantáneamente, las paredes estaban ahora pintadas con hermosos colores vivos, el agua sucia que corría por el piso se convertía en un camino de rubíes y esmeraldas que hacía brillar sus hermosos ojos y los ruidos que generaban los carros que pasaban sobre el puente se volvían bellas melodías que alegraban su noche. Esa bella corona de papel que la hacía olvidar hasta los constantes golpes de su madre y las humillaciones de sus hermanos. No quería quitársela jamás.

Así que esa noche, después de mirarse tanto tiempo en el espejo, la princesa decidió quitarse la corona y volver a su realidad, su triste realidad porque sabía que siempre la tendría cada noche, su reina jamás se la quitaría.

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10 ene. 2010

Un amor sin florecer

Cada mañana, muy temprano al amanecer, caminaba por la playa que se encontraba cerca a su casa; la arena era limpia y se metía entre los dedos de sus pies generándole un cosquilleo que le encantaba. Miraba el tranquilo mar y lo recordaba a él, ese hombre que un día llegó a su vida, la enamoró profundamente, le rompió el corazón y la abandonó sin decir nada más.

Ella sabía que él la amaba, que estaban hechos el uno para el otro, que el amor que sentían iba a durar para siempre; pero también comprendía que eran iguales, que no podía encontrar a alguien más parecido a ella y por lo tanto, sabía que su relación no tendría futuro. Alguien le dijo que los polos opuestos se atraían, y ellos no podían ser más parecidos.

Cada mañana sentía un dolor en el corazón, era algo que no podía explicar, nunca había sentido algo así; no podía decirle a nadie que lo sentía, que sabía cuándo él estaba mal, pero muy dentro de ella, sabía que a él le pasaba igual. Eran almas gemelas, no podía ser de otra manera.

Ella sabía que él no iba a volver y decidió continuar con su vida, sabía que jamás iba a ser tan feliz como lo fue mientras estuvieron juntos, pero también tenía claro que su corazón no podía soportar un dolor más que viniera de él. Él también siguió adelante, decidió cumplir los sueños de los demás, así decidió que sería su vida; igual que ella, no sabía hacia dónde ir, así que se dejaban llevar por la marea.

Ambos soñaban con el otro cada noche, ella veía el rostro de él en cada persona que pasaba en la calle y él, cuando se sentía mal, sentía la energía de ella impulsándolo a seguir adelante. Cada decisión que tomaban, la hacían pensando en el otro, así jamás estuvieran juntos.

Esta es simplemente la historia de un amor imposible, el amor más grande que se pueda conocer, un amor que superará las barreras de la muerte, pero que las circunstancias de la vida no dejaron florecer.

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