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26 ago 2010

El olvido

Se sentía sola, diminuta bajo la sombra de aquel frondoso árbol. Se escondía, huía, no quería que volvieran a encontrarla, se había cansado, había luchado y había perdido, no tenía fuerzas para seguir, ni nadie que la apoyara y le diera una voz de aliento.

Sentía cada uno de los latidos de su corazón, había corrido tanto que de un momento a otro sus piernas no le respondieron más y tuvo que detenerse en ese sitio solitario, como ella. No se escuchaban pájaros, el viento no soplaba, parecía el sitio más olvidado del mundo, y allí quería estar, para que ella también fuera olvidada.

Sus piernas ya no corrían, pero su mente no paraba, recordaba, añoraba cada momento vivido junto a él, eso era amor, no había otra manera de llamarlo, se adoraban, querían estar siempre juntos, no entendía qué había pasado, ¿por qué él la había abandonado?, ¿por qué después de tantos sueños decidió irse con otra mujer? Simplemente no lo comprendía, y lloró.

Lo amaba, no podría odiarlo jamás, podría dejar de recordarlo a cada instante, si quisiera podría comenzar su vida de nuevo junto a alguien más, pero jamás iba a poder dejar de amarlo, él era el hombre de su vida y ninguna otra pareja podría ser más perfecta. Todos le preguntaban ¿por qué habían terminado?, ¿por qué él se casaba ese día con alguien más?, y ella no lo soportó, decidió correr, alejarse, tratar de olvidar algo que sabía, era imposible.

Decidió no volver a atrás, decidió quedarse en ese lugar alejado, bajo ese frondoso árbol que le recordaba lo diminuta que era; allí nadie la encontraría, todos, hasta él, la olvidarían, pero ella jamás podría dejarlo, porque eran el uno para el otro, y eso no cambiaría, aunque ambos quisieran.



11 nov 2009

Historia de un imposible amor

Se columpiaba fuertemente, mientras sentía el viento acariciando su largo y hermoso pelo rojo, cada vez llegaba más alto, y en su mente solo se repetía una y otra vez su canción favorita; esa que cantaron juntos muchas veces.

Miraba hacia arriba y veía el frondoso y viejo árbol que sostenía su columpio; veía el inmenso cielo azul en donde vagaban las nubes con las que juntos jugaban a inventar formas. Cerró los ojos y no podía parar de recordarlo, cada palabra, cada consejo, cada mirada…iba a enloquecer.

Le habían dicho que tenía que olvidarlo, que seguir pensando en él le hacía daño, pero cómo podía lograrlo si soñaba con él, cerraba los ojos y lo veía, y cada cosa que la rodeaba se lo recordaba. Era tan fácil para los demás aconsejarla, pero por qué no le decían ¿cómo podría olvidarlo? Sería tan fácil si existiera una pócima mágica, de esas que aparecen en los cuentos de hadas, para ayudarla a olvidar.

Sus pensamientos hacia él volvían una y otra vez a su mente; si, lo amaba, pero ambos sabían que jamás podrían estar juntos; eran tan parecidos y a la vez tan diferentes…nada podían hacer.

Un día cualquiera él decidió alejarse y ella no supo cómo detenerlo; ella sabía que su amor era muy grande, pero también tenía claro que si lo volvía a retener a su lado su felicidad no iba a durar mucho, ellos juntos no funcionaban.

No había nada que hacer, este era un amor infructuoso, sabía que con el tiempo lo olvidaría, que en el futuro lo recordaría con cariño, pero, ¿por qué el reloj no avanzaba más rápido? Quería dejar de pensarlo, de amarlo.

Mientras se columpiaba bajo su árbol favorito, mientras el viento jugaba con su pelo rojo, siguió recordando cada maravilloso instante junto a él. Algún día lo olvidaría, pero hoy, no era ese día.

Fin.




10 nov 2009

Amigo para siempre

Existía un monte inmenso, al que todos admiraban por lo alto y frondoso, la gente le tomaba fotos y se deslumbraban por sus bellos colores.

Él miraba hacia abajo, y veía a las personas tan pequeñas, tan lejanas, así que comenzaba a mover sus árboles para que se acercaran, pero el movimiento que había era tan fuerte, que el viento que formaba obligaba a la gente a alejarse de él.

Un día un niño huérfano llegó a la falda del monte y le preguntó si podría vivir con él, le explicó que no tenía a dónde ir y siempre fue una persona solitaria, incomprendida, que quería huir de la maldad de los demás.

El monte no lo entendía, nunca había visto a alguien malo, pero compadeciéndose del niño, acercó a él una de las ramas más largas, de su mejor árbol, y lo llevo hasta un sitio en donde había una cueva; sabía que allí el niño podía vivir cómodamente y alimentarse de los frutales que tenía cerca.

El niño voló por los aires sentado en la larga rama, cuando llegó a su nuevo hogar quedó maravillado con tanta belleza, tanto colorido, y se dio cuenta que era verdad lo que decía la gente en las calles: es más importante la hermosura interna que el atractivo externo. Sin perder tiempo, el niño comenzó a adecuar el sitio en donde iba a vivir de ahora en adelante; el monte le ayudó, y juntos se sintieron muy felices de tener a otra persona con quien compartir.

Todos los días jugaban, cantaban, y se contaban múltiples historias; fueron felices, porque tenían ahora un amigo para siempre.

Fin.




 
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