Existía un monte inmenso, al que todos admiraban por lo alto y frondoso, la gente le tomaba fotos y se deslumbraban por sus bellos colores.
Él miraba hacia abajo, y veía a las personas tan pequeñas, tan lejanas, así que comenzaba a mover sus árboles para que se acercaran, pero el movimiento que había era tan fuerte, que el viento que formaba obligaba a la gente a alejarse de él.
Un día un niño huérfano llegó a la falda del monte y le preguntó si podría vivir con él, le explicó que no tenía a dónde ir y siempre fue una persona solitaria, incomprendida, que quería huir de la maldad de los demás.
El monte no lo entendía, nunca había visto a alguien malo, pero compadeciéndose del niño, acercó a él una de las ramas más largas, de su mejor árbol, y lo llevo hasta un sitio en donde había una cueva; sabía que allí el niño podía vivir cómodamente y alimentarse de los frutales que tenía cerca.
El niño voló por los aires sentado en la larga rama, cuando llegó a su nuevo hogar quedó maravillado con tanta belleza, tanto colorido, y se dio cuenta que era verdad lo que decía la gente en las calles: es más importante la hermosura interna que el atractivo externo. Sin perder tiempo, el niño comenzó a adecuar el sitio en donde iba a vivir de ahora en adelante; el monte le ayudó, y juntos se sintieron muy felices de tener a otra persona con quien compartir.
Todos los días jugaban, cantaban, y se contaban múltiples historias; fueron felices, porque tenían ahora un amigo para siempre.
Fin.
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