30 mar 2010

El sueño de la princesa

Ella miraba a la gente pasar mientras recogía los kilos de papel que debía reciclar a diario para poder comer, nadie la veía a su paso, era invisible para los demás, mejor así, pensaba … no podía llamar tanto la atención, al final ella era una princesa y si la vieran, su seguridad estaría comprometida.

Mientras pensaba en su reino sintió un golpe certero en medio de la espalda, era su madre que la instaba a salir de su mundo imaginario para volver al real, un mundo en el que no existen reinos ni súbditos, un mundo en donde nadie la venera ni cumple sus más fervientes deseos, sino uno en donde recibía golpes constantes por parte de su madre, malas caras de la gente que la veía sucia entre el papel y las humillaciones de sus hermanos mayores que cada día la hacían trabajar más.

Llegada la noche y terminado su trabajo corría hacia la panadería que tanto le gustaba y pedía su galleta favorita, era una princesa, ¿cómo no complacer sus propios caprichos?, pero esa noche fue diferente, cuando buscaba las monedas recolectadas para pagar su antojo, una mano extraña pagó por ella, una mano hermosa, limpia, que le tocó la cabeza haciéndola mirar hacia arriba. Allí, a una altura considerable la vio, era la reina de sus fantasías, la mujer más bella que jamás había visto, con una sonrisa más cálida que la que imaginaba en sus fantasías. La niña solo atinó a agradecer, antes de que aquella mujer desapareciera de su vista.

Después de disfrutar de su antojo volvió a su morada, un hueco debajo de un puente en donde se abrigaba con hojas de periódico y en donde tenía su tesoro, todo lo que constituía su reino, un hermoso espejo que alguna vez encontró entre la basura. En él se miraba y veía a la princesa que realmente era, así se quedaba dormida cada noche, para al otro día volver a su rutina y sus golpes.

Cada noche, al ir por su galleta volvía a encontrar a su reina quien pagaba su antojo mientras le sonreía. En noches muy frías también le ofrecía café, era ahí cuando dejaba de ser su reina para convertirse en lo que realmente era, su ángel guardián. Esa noche, cansada y friolenta volvió a su “casa” en donde encontró su regalo de cumpleaños, una corona de papel. Ninguno de sus familiares supo decirle cómo apareció dicha corona ahí, pues nadie recordaba que ese día había nacido, pero era su momento especial, el momento que compartía con su reina, porque nadie más haría algo así por ella.

Para ella era su corona mágica, cuando se la ponía sobre su pequeña cabeza todo a su alrededor cambiaba, el sitio en donde vivía parecía cobrar vida y cambiar instantáneamente, las paredes estaban ahora pintadas con hermosos colores vivos, el agua sucia que corría por el piso se convertía en un camino de rubíes y esmeraldas que hacía brillar sus hermosos ojos y los ruidos que generaban los carros que pasaban sobre el puente se volvían bellas melodías que alegraban su noche. Esa bella corona de papel que la hacía olvidar hasta los constantes golpes de su madre y las humillaciones de sus hermanos. No quería quitársela jamás.

Así que esa noche, después de mirarse tanto tiempo en el espejo, la princesa decidió quitarse la corona y volver a su realidad, su triste realidad porque sabía que siempre la tendría cada noche, su reina jamás se la quitaría.

10 ene 2010

Un amor sin florecer

Cada mañana, muy temprano al amanecer, caminaba por la playa que se encontraba cerca a su casa; la arena era limpia y se metía entre los dedos de sus pies generándole un cosquilleo que le encantaba. Miraba el tranquilo mar y lo recordaba a él, ese hombre que un día llegó a su vida, la enamoró profundamente, le rompió el corazón y la abandonó sin decir nada más.

Ella sabía que él la amaba, que estaban hechos el uno para el otro, que el amor que sentían iba a durar para siempre; pero también comprendía que eran iguales, que no podía encontrar a alguien más parecido a ella y por lo tanto, sabía que su relación no tendría futuro. Alguien le dijo que los polos opuestos se atraían, y ellos no podían ser más parecidos.

Cada mañana sentía un dolor en el corazón, era algo que no podía explicar, nunca había sentido algo así; no podía decirle a nadie que lo sentía, que sabía cuándo él estaba mal, pero muy dentro de ella, sabía que a él le pasaba igual. Eran almas gemelas, no podía ser de otra manera.

Ella sabía que él no iba a volver y decidió continuar con su vida, sabía que jamás iba a ser tan feliz como lo fue mientras estuvieron juntos, pero también tenía claro que su corazón no podía soportar un dolor más que viniera de él. Él también siguió adelante, decidió cumplir los sueños de los demás, así decidió que sería su vida; igual que ella, no sabía hacia dónde ir, así que se dejaban llevar por la marea.

Ambos soñaban con el otro cada noche, ella veía el rostro de él en cada persona que pasaba en la calle y él, cuando se sentía mal, sentía la energía de ella impulsándolo a seguir adelante. Cada decisión que tomaban, la hacían pensando en el otro, así jamás estuvieran juntos.

Esta es simplemente la historia de un amor imposible, el amor más grande que se pueda conocer, un amor que superará las barreras de la muerte, pero que las circunstancias de la vida no dejaron florecer.

 
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