6 dic. 2009

Una nueva oportunidad

La pradera estaba húmeda, se veían las gotas de lluvia todavía rozando cada centímetro, el frío invadía su débil cuerpo abrigado por una cobija que encontró botada en la calle y que hizo suya desde ese instante. Buscaba un sitio para descansar y se veía que ese, aunque solitario, no era el mejor pero, ¿a dónde podría ir?, no tenía a quién acudir, estaba solo en este mundo, nuca había podido contar con nadie, pero jamás se acostumbró.

La soledad invadía sus pensamientos y sentía desfallecer, no podía permitírselo, al fin y al cabo era un luchador, no se había dejado de nada ni nadie, no podía decaer ahora.

Se adentró en la pradera, con la ilusión de encontrar un lugar sin lluvia, un sitio para descansar; sabía que era casi imposible pero, ¿qué más podía hacer? Caminó largo tiempo, no se veía un árbol, una flor, un animal…solo pasto a su alrededor y no le agradaba. De pronto, a lo lejos vió que algo se movía suavemente y se acercó con miedo, podía ser un animal peligroso, algo que le hiciera daño, pero no, solo era un cachorro juguetón, estaba perdido y él lo abrigó. El animal agradecido se pegó al hombre, buscando el calor que no había encontrado en el suelo.

Juntos siguieron el recorrido hasta que encontraron una cabaña abandonada, estaba casi por caerse, pero era suficiente para ellos, ninguno era exigente, no podían serlo en su situación. Entraron al sitio, era totalmente oscuro, pero tenía unos cartones en el suelo que les servirían de cama y cobijas, era su palacio real.

Esa noche, agotados por la caminata, se durmieron escuchando el sonido de la lluvia contra la madera.

A la mañana siguiente sabían que tenían un nuevo reto conseguir comida, si no la obtenían, de dónde iban a tener energía para arreglar aquel lugar. Así que listos para salir abrieron la puerta de par en par, por donde ingresaron los rayos de sol que los cegaron. Necesitaron unos segundos para acostumbrarse a la nueva luz y para ver una bolsa que se encontraba cerca de la entrada de la casa, muy cuidadosamente se acercaron a ella, el cachorro olió la bolsa y comenzó a mover la cola desesperadamente, el hombre recogió el paquete y lo observó desde todos los ángulos, estaba bastante extrañado pero se atrevió a abrirlo; no podía creerlo, contenía comida para ambos y sin esperar un minuto más, devoraron todo su contenido. ¿Quién la dejaría en ese lugar? Realmente en ese momento no interesaba, solo estaban felices por tan buena suerte.

Después del suculento desayuno, el hombre se dedicó a adecuar la casa; recogió las tablas caídas y las arrumó en un rincón, le servirían en las noches para hacer fogatas y calentarse; Consiguió pajas en los alrededores y armó una escoba con la que quitó el mugre del suelo y las telarañas de techo y paredes; organizó los cartones uno encima de otro, formando un colchón un poco más cómodo que el de la noche anterior. En general, hizo mucho más vivible su nueva casa. Mientras tanto el cachorro se dedicó a correr por los alrededores.

Después de tomar aliento, juntos emprendieron una larga caminata hasta el pueblo más cercano, en donde cada esquina les servía de cómplice para ocultarse del inclemente sol y pedirle a la gente caritativa que por allí pasara, les regalara algo de comer o una moneda con la cual comprar alimento. Algunas personas se apiadaban de ellos y les colaboraban, se detenían, consentían al cachorro y dejaban alguna ayuda para ambos, otras los hacían sentir invisibles, ¿por qué la gente no entendía que no a todos les sonríe igual la vida? Al caer la tarde, juntaron las monedas recogidas y lograron comprar un pan, el cual dividieron en mitades iguales y consumieron sentados en un andén cualquiera de aquel pueblo.

Después de un largo y agitado día, se miraron y sabían que lo único que les quedaba por hacer era dirigirse hacia la casa abandonada, ¿podrían dormir esta noche en ella nuevamente? Solo esperaban que la suerte los acompañara de nuevo. Al llegar a la casa, notaron que una nueva bolsa se encontraba en la puerta de la casa, el cachorro, moviendo su cola se dirigió sin pensarlo hacia ella y comenzó a olerla y a ladrarle a su nuevo dueño como tratando de decirle qué contenía dicho paquete. El hombre, nuevamente desconfiado y mucho más desconcertado que en la mañana, tomo la bolsa y descubrió para su agrado que de nuevo había alimento dentro de ella; Nuevamente consumieron todo lo que contenía, pero cuando se disponían a dejar a un lado la bolsa, el hombre descubrió una nota con una dirección que correspondía al pueblo en donde habían estado ese día. Decidió que al día siguiente se dirigiría temprano a aquel lugar, tenía que saber quién estaba dejándoles tan suculentos regalos pero sobre todo, a cambio de qué.

Esa noche el hombre casi no pudo conciliar el sueño, la curiosidad estaba acabando con su paciencia, quería que amaneciera y envidiaba a aquel carrocho que descansaba a su lado, quería dormir igual que él, pero definitivamente no lo lograría si continuaba pensando en aquellos extraños sucesos del día. Muy entrada la noche logró dormir y a la mañana siguiente se encaminó rápidamente a la dirección señalada.

Después de un largo y extenuante camino, se encontraron hombre y cachorro frente a una hermosa y grande casa blanca, con jardines inmensos y coloridos, a los cuales no se podía ingresar debido a una gruesa reja negra que recorría todo el frente del lote. Los ventanales dorados, reflejaban cada uno de los rayos del sol y no permitían que los extraños vieran hacia el interior de la vivienda y la puerta de la entraba, en una madera café oscura, desde la lejanía se notaba algo pesada. Si esa casa realmente intimidaba, ¿cómo serían sus dueños? Sin querer esperar más, decidió timbrar y una voz, salida de algún lado que él no lograba descubrir, le preguntó casi inmediatamente a quién buscaba, ¿a quién buscaba? Esa era una excelente pregunta, buscaba a una alma caritativa que le estaba dejando comida frente a su nueva morada, pero no podía decirlo así, por lo que decidió contar brevemente que había encontrado la dirección de dicha casa dentro de una bolsa de comida; inmediatamente, y como si hubiera dicho las palabras mágicas, la reja comenzó a abrirse mientras él continuaba buscando la voz.

El cachorro no lo pensó tres veces e ingresó más que corriendo, saltando a la propiedad, se acercó a los jardines, olió las flores y correteó por los hermosos pastizales; mientras tanto, el hombre continuaba perplejo mirando tanta belleza, no era capaz de dar un paso adelante, su timidez brotó a flor de piel, tanta grandeza lo intimidaba completamente, así que decidió no moverse hasta que de nuevo, esa voz extraña que salía de un lugar que él no podía encontrar, volvió a indicarle que ingresara. Lo esperaban en el interior de la casa.

Haciendo un esfuerzo sobrehumano para él, atravesó los jardines y se dirigió hacia la imponente puerta de madera que había visto desde detrás de la reja. No fue capaz de golpear, sin embargo, la puerta se abrió ante él y de frente apareció un hombre vestido todo de negro que le dio la bienvenida con la misma voz que había escuchado antes. Miró hacia atrás, tratando de descubrir cómo ese hombre le había hablado en la reja, sin que lo haya podido ver, y ahora se encontraba abriéndole la puerta...no logró comprenderlo.

Ingresó al lugar y descubrió que la belleza exterior de la casa no podía compararse con la interna, todo era tan elegante, tan impecable, tan maravilloso para sus ojos, había cosas allí que jamás en la vida había visto. Lo hicieron pasar a un cuarto en donde había un señor muy elegante sentado en una gran silla, detrás de un enorme y hermoso escritorio. El señor le indicó que se sentara en otra silla no menos bella que en la que él estaba y el hombre tímida y humildemente se sentó.

El señor tenía unos cincuenta años, era canoso, pero se veía alto y corpulento; se miraron y el señor de pronto comenzó a hablar. Comenzó por explicarle que lo había visto caminar por sus terrenos y prácticamente adueñarse de una casa que había en alguno de sus lotes, el hombre apenado trató de explicarle que no sabía que su humilde casa tuviera dueño pero el señor no se lo permitió, le dijo que había notado su ropa y que sin querer ofenderlo, notaba que era una persona que no tenía nada en el mundo; también le contó que el cachorro era también propiedad suya, se le había escapado y trataba de atraparlo cuando lo vió.

Así que al ver la empatía entre el hombre y el cachorro, el señor decidió permitir que se acomodara en la casa, y ahora quería proponerle que trabajara para él; necesitaba a alguien que cuidara los terrenos, que cortara el pasto, mantuviera a los intrusos lejos del lugar, viera si se podía sembrar algo en ese lugar y cuidar de esos nuevos cultivos. El hombre estaba completamente sorprendido, jamás nadie se había interesado en su suerte, él era invisible para el resto del mundo y de pronto, frente a él, de la nada, había un hombre que no solo le permitía vivir en su propiedad y le estaba dando comida, también le estaba ofreciendo un trabajo, era increíble para él; mientras estaba anonadado, el señor había escrito algo en una hoja y se lo había puesto sobre la mesa, frente a él, era la cifra con la cantidad de dinero que iba a pagarle…además, ¡iba a pagarle! Se sentía en la luna, nunca había sentido tanta felicidad en su vida. Era el hombre más agradecido que existía sobre la tierra.

Después de tan interesante reunión, el hombre que le había abierto la puerta lo condujo hacia un baño en donde pudo asearse después de muchísimo tiempo, además, le dieron ropa nueva, no era elegante, era la ropa perfecta para trabajar en el campo y él se sintió feliz. Luego lo llevaron a la cocina en dónde le dieron un gran almuerzo y le informaron que tendría que venir cada noche para recibir la cena que de ahora en adelante le correspondía. Le dieron herramientas para trabajar y le entregaron al cachorro, su fiel compañero, bañado, también acababa de comer.

Los dos amigos emprendieron el camino hasta su, ahora oficial, hogar. El cachorro corría feliz mientras el hombre todavía no comprendía este golpe de suerte, pero agradeció de nuevo por tan excelentes noticias. Al llegar a la casa, encontraron para su asombro que en el interior había una cama, un colchón, cobijas, un tapete, una mesa y una pequeña nevera, sorprendido la abrió y en su interior encontró alimento y agua. Se sentía el hombre más rico y afortunado del mundo. ¿Qué más podría pedirle a la vida?

Después de la noche más placentera de su vida, el hombre se despertó al amanecer, desayunó junto con su amigo el cachorro, y salió a comenzar sus nuevas labores, para el primer día podó el pasto del gran terreno y reconoció lugares en donde podrían sembrar varias legumbres, al caer la tarde fue a la casa de su patrón y dió un reporte de lo hecho. Al siguiente día sembró fríjoles, garbanzos y soja y desde ahí comenzó su rutina de hacer que la cosecha se diera bien.

El cachorro crecía, los sembrados comenzaban a brotar y el hombre no podía ser más feliz. Una tarde, sentado en la cocina de la casa de su patrón, vió entrar a una hermosa joven, que por su uniforme parecía que era una de las encargadas del arreglo de la casa, el hombre se presentó y habló con la joven mucho tiempo, se sentía tan atraído por aquella mujer que no notó cuando anocheció. Tarde volvió a su casa junto con su inseparable amigo, y durmió tan feliz que sentía que aquella casa era pequeña para todo lo que experimentaba en ese momento.

Así, entre cultivos y salidas con aquella joven transcurrió el tiempo, el hombre era feliz con su nueva vida, agradecía al cielo por haberle puesto a su patrón en el camino y decidió convertirse en el mejor trabajador, para que nunca le hicieran falta la felicidad y el amor.

Fin.
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