21 oct. 2009

Arrullada por la luna

Ella quería viajar, conocer, soñar…solo era una niña, pero tenía grandes ilusiones. Cada noche se sentaba frente a la ventana a numerar estrellas; una a una las miraba y pensaba que eran los peldaños para poder llegar a la luna, la única que podía contarle historias hermosas sobre los sitios más exóticos en la tierra.

Una noche callada, de esas que siempre le gustaban porque podía hacer volar su imaginación, decidió tomar su oso de felpa preferido y comenzar el viaje deseado, el viaje anhelado. Subió una a una las escalinatas, contando cuántos peldaños la separaban de la hermosa luna: uno, dos, trescientos…dos mil uno!!! Por fin, allí estaba, sentía miedo, admiración, respeto. Estaba frente a la maravillosa y hermosa luna, luna caprichosa, la luna que tanto había admirado desde su ahora lejana ventana. ¿Qué podía decirle a la luna ahora? Su mente infantil quedó en blanco y de repente olvidó todas las preguntas que tenía que hacerle; pero la luna, dama tan maravillosa y conmovedora conocía todos sus secretos, todos sus pensamientos, miró a la niña a los ojos, le sonrió y le ofreció sus brazos para arrullarla mientras le decía que iba a contarle infinidad de historias.

La niña quería saber sobre ciudades y pueblos, desiertos y mares, quería conocer todos los secretos de la tierra y la luna al oído le dijo que cada noche le mostraría un lugar diferente, le enseñaría los espesos bosques, las hermosas montañas y las llanuras más extensas; empezó por contarle sobre el mar, el más imponente de todos los paisajes, le mostró cómo delicada e incansablemente acariciaba constantemente a la playa, su gran amor, y cómo, dentro de su generosidad, daba vida y posada a los más extraños e inimaginables seres.

Le mostró sus variadas tonalidades y le enseñó que gracias a todos los que habitan en él puede tener una coloración azul intensa o puede llegar a tener hermosos verdes.

La niña miraba tanta inmensidad, tanta grandeza y deseó por uno momento no estar tan alto y poder tocar, oler y ser arrullada por el majestuoso mar. La luna lo notó y comenzó a mecerla en sus brazos, mientras la niña cerraba sus ojos y comenzaba a soñar con que las olas la estaban moviendo lenta y rítmicamente. Se durmió.

Ahora cada noche, como se lo prometió a la niña en su primera visita, la luna le muestra las sorpresas que a todos nos tiene la tierra.

Fin.



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