26 ago 2010

El olvido

Se sentía sola, diminuta bajo la sombra de aquel frondoso árbol. Se escondía, huía, no quería que volvieran a encontrarla, se había cansado, había luchado y había perdido, no tenía fuerzas para seguir, ni nadie que la apoyara y le diera una voz de aliento.

Sentía cada uno de los latidos de su corazón, había corrido tanto que de un momento a otro sus piernas no le respondieron más y tuvo que detenerse en ese sitio solitario, como ella. No se escuchaban pájaros, el viento no soplaba, parecía el sitio más olvidado del mundo, y allí quería estar, para que ella también fuera olvidada.

Sus piernas ya no corrían, pero su mente no paraba, recordaba, añoraba cada momento vivido junto a él, eso era amor, no había otra manera de llamarlo, se adoraban, querían estar siempre juntos, no entendía qué había pasado, ¿por qué él la había abandonado?, ¿por qué después de tantos sueños decidió irse con otra mujer? Simplemente no lo comprendía, y lloró.

Lo amaba, no podría odiarlo jamás, podría dejar de recordarlo a cada instante, si quisiera podría comenzar su vida de nuevo junto a alguien más, pero jamás iba a poder dejar de amarlo, él era el hombre de su vida y ninguna otra pareja podría ser más perfecta. Todos le preguntaban ¿por qué habían terminado?, ¿por qué él se casaba ese día con alguien más?, y ella no lo soportó, decidió correr, alejarse, tratar de olvidar algo que sabía, era imposible.

Decidió no volver a atrás, decidió quedarse en ese lugar alejado, bajo ese frondoso árbol que le recordaba lo diminuta que era; allí nadie la encontraría, todos, hasta él, la olvidarían, pero ella jamás podría dejarlo, porque eran el uno para el otro, y eso no cambiaría, aunque ambos quisieran.



27 jun 2010

Heroína

Sacó su píe frío de la cama con miedo, sabía que el contacto con el piso helado iba a terminar de congelar su cuerpo. Cuando piso y pie se tocaron, sintió un escalofrío por todo su cuerpo que solo podía comparar con lo que sintió aquella vez que tuvo en frente ese polvo blanco, mientras el hombre que decía que la amaba la incitaba a inhalarlo, pues su miedo a las agujas jamás le permitió inyectárselo. Esa vez tenía miedo, ansiedad, curiosidad, esta última fue la que la llevó a probar, la que la metió en ese mundo sin salida, la que acabó con su vida.

Esa mañana sentía que su cuerpo era tan pesado que no iba a poder sostenerse sola, pero se veía como si pesara más una pluma; sus huesos se marcaban y las ojeras eran cada vez más evidentes. Dolía ser ella. Fue al baño y el agua helada la llevó a la realidad, esa que se esfumaba junto con el polvo blanco que inhalaba a diario. Vió cómo aquella mujer que todos consideraban hermosa hace solo unos pocos meses se había convertido en un fantasma, alguien por la que los demás sentían lástima, un personaje en el espejo que ella repudiaba pero no podía alejar.

Sonó el timbre y con su cuerpo aún mojado, completamente desnuda se dirigió a la puerta y sin preguntar quién era, abrió. ¿Quién más podría ser si no su demonio, el causante de todas sus infelicidades? Lo miró a los ojos con desprecio, le dio la espalda y fue a su habitación para vestirse: una sudadera azul y una camiseta negra fueron su elección del día, y una cola de caballo en su pelo, la cual dejaba ver su huesuda cara, no permitiría que este interfiriera cuando se agachara para inhalar de nuevo.

Salió a la sala y allí estaban, ese par de líneas blancas esperando por ella, al lado del hombre que disfrutaba verla transportarse a otro mundo entre espasmos leves y escalofríos. Se sentó en el piso e inhaló, pero esta vez los espasmos fueron mayores, su corazón comenzó a latir más despacio y sus ojos se pusieron completamente blancos antes de caer al suelo; su acompañante asustado recogió su maleta y salió corriendo de allí, dejándola en esa leve línea que la separaba de la muerte, esa línea blanca igual a la que ella acababa de inhalar.

 
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