22 nov. 2009

Amor destinado a perdurar

Escribía en un cuaderno viejo sus pensamientos, escribía todo lo que veía, todo lo que sentía, cuando las personas le preguntaban sobre sus escritos, cambiaba el tema y se hacía el loco. Tenía miedo a las burlas, a descubrir su corazón frente a los demás.

Luego, solo en su casa cantaba las mas hermosas letras, pero solo lo escuchaba su gato, su única compañía, su siempre confidente. Él era el único al que le leería lo que tanto escribía…¿lo entendería?

Su día transcurría entre papeles de oficina, teléfonos incansables y órdenes de su jefe, su almuerzo con los compañeros no era del todo relajante, y al terminar el día volvía a casa con su gato; no era una persona solitaria, pero al único que podía hablarle de todo era a él.

Algún día encontró a una hermosa mujer, esa que siempre había soñado, aquella que lo haría suspirar día y noche. Desde que la conoció escribió los poemas más hermosos y cantó las más bellas canciones de amor. Fué feliz, se sintió el hombre más afortunado del planeta y se esmeró por darle a ella lo mejor.

Un día ella salió a trabajar y no volvió, él estaba enloqueciendo, ya no quería cantar o escribir, dejó su propio trabajo y se dedicó a buscarla en cada rincón; un día lejano la encontró, ella no recordaba nada y alguien le contó que había sufrido un accidente y que había perdido la memoria. Él se aferó a ella con todo su corazón y se dio a la tarea de recordarle su pasado, de hacerla revivir cada risa, cada mirada, cada detalle que los enamoró.

Ella poco a poco fue recordando, pero no tenían afán porque en el fondo de su corazón sabían que se amaban y así, entre recuerdos y nuevas vivencias, revivió un amor destinado a perdurar.

Fin.

11 nov. 2009

Historia de un imposible amor

Se columpiaba fuertemente, mientras sentía el viento acariciando su largo y hermoso pelo rojo, cada vez llegaba más alto, y en su mente solo se repetía una y otra vez su canción favorita; esa que cantaron juntos muchas veces.

Miraba hacia arriba y veía el frondoso y viejo árbol que sostenía su columpio; veía el inmenso cielo azul en donde vagaban las nubes con las que juntos jugaban a inventar formas. Cerró los ojos y no podía parar de recordarlo, cada palabra, cada consejo, cada mirada…iba a enloquecer.

Le habían dicho que tenía que olvidarlo, que seguir pensando en él le hacía daño, pero cómo podía lograrlo si soñaba con él, cerraba los ojos y lo veía, y cada cosa que la rodeaba se lo recordaba. Era tan fácil para los demás aconsejarla, pero por qué no le decían ¿cómo podría olvidarlo? Sería tan fácil si existiera una pócima mágica, de esas que aparecen en los cuentos de hadas, para ayudarla a olvidar.

Sus pensamientos hacia él volvían una y otra vez a su mente; si, lo amaba, pero ambos sabían que jamás podrían estar juntos; eran tan parecidos y a la vez tan diferentes…nada podían hacer.

Un día cualquiera él decidió alejarse y ella no supo cómo detenerlo; ella sabía que su amor era muy grande, pero también tenía claro que si lo volvía a retener a su lado su felicidad no iba a durar mucho, ellos juntos no funcionaban.

No había nada que hacer, este era un amor infructuoso, sabía que con el tiempo lo olvidaría, que en el futuro lo recordaría con cariño, pero, ¿por qué el reloj no avanzaba más rápido? Quería dejar de pensarlo, de amarlo.

Mientras se columpiaba bajo su árbol favorito, mientras el viento jugaba con su pelo rojo, siguió recordando cada maravilloso instante junto a él. Algún día lo olvidaría, pero hoy, no era ese día.

Fin.




10 nov. 2009

Amigo para siempre

Existía un monte inmenso, al que todos admiraban por lo alto y frondoso, la gente le tomaba fotos y se deslumbraban por sus bellos colores.

Él miraba hacia abajo, y veía a las personas tan pequeñas, tan lejanas, así que comenzaba a mover sus árboles para que se acercaran, pero el movimiento que había era tan fuerte, que el viento que formaba obligaba a la gente a alejarse de él.

Un día un niño huérfano llegó a la falda del monte y le preguntó si podría vivir con él, le explicó que no tenía a dónde ir y siempre fue una persona solitaria, incomprendida, que quería huir de la maldad de los demás.

El monte no lo entendía, nunca había visto a alguien malo, pero compadeciéndose del niño, acercó a él una de las ramas más largas, de su mejor árbol, y lo llevo hasta un sitio en donde había una cueva; sabía que allí el niño podía vivir cómodamente y alimentarse de los frutales que tenía cerca.

El niño voló por los aires sentado en la larga rama, cuando llegó a su nuevo hogar quedó maravillado con tanta belleza, tanto colorido, y se dio cuenta que era verdad lo que decía la gente en las calles: es más importante la hermosura interna que el atractivo externo. Sin perder tiempo, el niño comenzó a adecuar el sitio en donde iba a vivir de ahora en adelante; el monte le ayudó, y juntos se sintieron muy felices de tener a otra persona con quien compartir.

Todos los días jugaban, cantaban, y se contaban múltiples historias; fueron felices, porque tenían ahora un amigo para siempre.

Fin.




 
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